Un viaje íntimo a través de las cenizas, la combustión, el renacimiento y el vuelo. La poesía más personal de Ángel Pérez Torrescusa.
La oscuridad de la pérdida y el vacío. Mirar el dolor de frente tras la caída.
El ardor de la lucha. Una crítica a un mundo que constantemente pone fronteras al amor.
El descubrimiento de un amor que sana y abraza todas y cada una de las cicatrices.
La celebración de un sentimiento que trasciende por completo la distancia y el tiempo.
El mundo tose en fa sostenido, sus pulmones son partituras donde el virus escribe corcheas de pánico.
Ya no voy solo: mi rumbo es compañía, mis manos siembran lo aprendido, riego versos como flores.
Y desde las llamas de este amor fenecido, naceré sin redes, sin dioses ni dueños: un fénix de huesos y sueños partidos, con cicatrices por alas y el fuego del tiempo como único espejo.
Ahora sé: el dolor es solo leña mojada, y la luz, una daga que talla fénix en las cicatrices.
Hoy declaro la guerra al adiós estéril: que las aceras sean trincheras donde el amor avance a golpe de beso-bengala…
La sangre no tiene bandera ni el dolor jerarquías: somos tinta del mismo poema escrito con faltas de ortografía.
El tiempo —cartógrafo de náufragos— traza mapas con cicatrices que la sal de las lágrimas y besos enlatados en memorias selectivas convirtieron en surcos fértiles.
Este poema no es metáfora: es el mapa de cada moratón, la lista de todas las veces que confundí cicatrices con caricias.