A.P. Torrescusa

Combustión · El amor del Fénix

Botánica del corazón

Hubo una ciudadela en mi pecho— no de piedra, sino de tejido cicatrizado y preguntas sin respuesta. La llave la guardé enterrada donde ni la luz adivinaba: fósil entre las costillas, alfabeto mudo. Un ejército de sombras custodiaba las puertas: el miedo con sus dagas de escarcha, los recuerdos vestidos de alambre de púas, la soledad puliendo su armadura cada medianoche. Pero llegaste con el otoño en las manos, y sin poner cerco, le susurraste a las grietas hasta que los muros reconocieron tu voz como su canción más antigua. No fue una batalla— fue la lenta germinación de una raíz partiendo el hormigón, la nota exacta que quiebra el cristal. Tu mirada, salmo sin palabras, deshizo los nudos uno a uno. Ahora la cámara acorazada es un campo abierto, y donde hubo fortaleza, crece un jardín de tal vez. ¿La llave? Nunca fue metal— solo el olor de una flor que dejaste en mi almohada un amanecer de octubre.

← Cicatrices en la pielEcos de la tierra herida

Para alguien concreto

¿Este poema es para alguien?

Se lo mando con su nombre escrito a mano en la primera página. 173 páginas, 72 poemas: tapa blanda 14,00 €, tapa dura 23,00 €.