Los portadores del ojo verde: el comienzo
El prólogo y las primeras páginas del capítulo 1, tal como están en la 2.ª edición.
Prólogo
En las vetas ocultas del mundo, donde el murmullo del viento teje antiguas leyendas y la savia de los árboles guarda secretos milenarios, existe un vínculo ancestral, una promesa forjada entre la naturaleza y aquellos nacidos bajo la enigmática marca del ojo verde.
Esta es la historia de Unai, un joven cuya vida se entrelaza con el destino de Monte Redondo, un bosque que respira y sangra como un ser vivo. Acompañado por su primo Eneko y guiado por un linaje que creía perdido, Unai se embarcará en una odisea a través de poblados ocultos, enfrentando peligros que desafían la razón y desvelando verdades que trascienden la propia realidad.
En un mundo donde la codicia humana amenaza el equilibrio sagrado, la valentía de un muchacho y la sabiduría de un pueblo ancestral se alzarán como la última esperanza para un renacer, recordándonos que la verdadera magia reside en la conexión, el amor y el inquebrantable latido del corazón de la Tierra.
Capítulo 1 · Excursión en solitario
—No olvides pasar por casa de tu tita Irene antes de irte —dijo su madre desde la cocina—. Me llamó ayer y ya tiene eso que le pediste.
—Y levántate ya —remató la madre—, que también tienes que ir a comprar pan si quieres llevar bocadillo. Hice una tortilla y la dejé enfriar para que no reblandezca el pan.
—No sé qué secretos os traéis tú y la tía —refunfuñó, golpeando un cazo contra el fregadero—. ¡La muy terca no me quiso decir nada!
—Pues claro que no —rio Irene al otro lado del teléfono, que Amparo aún sostenía entre el hombro y la mejilla—. Esas cosas son entre el muchacho y yo.
Para Unai, ese domingo sería diferente: sería la primera vez que subiría él solo hasta la colina de Monte Redondo. Siempre lo hacía con su padre, y muchas veces los acompañaba su primo Eneko —un año más joven—, pero aquella semana no estaba: desde que sus padres se separaron, a Eneko le costaba coincidir para las excursiones o para completar el herbario que llevaban construyendo desde niños.
—¡Mamá, no encuentro el cuaderno de hojas! —gritó Unai desde el sótano—. ¡No puedo ir sin él!
Le había prometido a su primo que recogería hojas de fresas silvestres y de aquellos árboles extraños que habían descubierto juntos el mes anterior. Las habían visto cuando aún estaban brotando, y ahora sería el momento perfecto para preservarlas.
—Mira debajo de la bombona de butano —respondió la voz de Amparo, teñida de paciencia—. Seguro que sigue allí desde la última vez.
Era cierto. Cada vez que Unai regresaba de sus excursiones, bajaba al sótano, colocaba las hojas entre las páginas del cuaderno, las aplastaba con dos tablas de roble y, por último, las sellaba bajo el peso de la bombona llena. Así garantizaba que se secaran planas, listas para pegar en el álbum que compartía con Eneko.
—Sí, mamá, está aquí —confirmó—, pero llevaré otro cuaderno. No quiero que se estropeen las últimas hojas que puse a secar.
Unai desplegó su mochila sobre la mesa de la cocina y comenzó el ritual que su padre le había enseñado: cada objeto debía ser tocado, comprobado y colocado en el orden exacto que Andrés consideraba sagrado. Mientras lo hacía, notó que sus dedos reproducían los mismos gestos rápidos y seguros que había visto miles de veces en las manos callosas de su padre.
La bolsa de basura vacía (un rollo de plástico gris). La desenrolló hasta que el aire la hinchó como un globo marchito. «La naturaleza no es nuestro cubo de basura», le había espetado Andrés la vez que encontraron una pila de latas oxidadas junto al arroyo. Desde entonces, Unai siempre llevaba dos: una para los desechos ajenos y otra para los propios.
La cuerda de escalada (ocho metros, fibras naranjas). Todavía conservaba el nudo que su padre le había enseñado a hacer —el «nudo de la abuela», útil para asegurar rampas improvisadas—. La olió brevemente; aún desprendía un tenue aroma a resina de pino de aquella vez que la usaron para rescatar a un cachorro atrapado en un barranco.
La brújula de latón (con grabados de lobos). Un regalo de su décimo cumpleaños, comprado en una tienda de viajes durante unas vacaciones en los Picos de Europa. El vendedor, un hombre con una cicatriz en forma de rayo, le había susurrado: «Esta brújula no señala el norte, sino el camino que más necesitas». Unai nunca supo si era una broma, pero cada vez que la abría, la aguja temblaba como si intentara escapar.
Los trapos rojos (retales de la antigua cortina del salón). Andrés los había teñido con zumo de remolacha para que resistieran las lluvias. Al tacto, ásperos y crujientes, le recordaban la piel de dragón de los cuentos que su padre inventaba junto a la hoguera.
El mechero de piedra (obsequio de un guardabosques). Lo encendió tres veces, como solía hacer su padre para comprobar la llama. El chasquido del metal lo devolvió al día en que resbaló en el riachuelo: el agua le había robado el aliento, pero el fuego crepitante de Andrés no solo secó su ropa…, también le enseñó que hasta el frío más hostil podía domesticarse.
La cantimplora de aluminio. Al llenarla, el agua produjo un eco profundo, como si la Cascada Redonda ya estuviera llamándolo desde lejos.
La navaja multiusos (con la hoja principal mellada). La ranura más gastada era la del abrelatas. La guardó en el bolsillo secreto tras palpar su contorno bajo la tela.
El kit de emergencia (en una funda de neopreno). Dentro, junto a las tiritas y el yodo, guardaba un diente de león prensado desde que tenía siete años. «Es para atraer a los espíritus del bosque», le había dicho Eneko con solemnidad infantil. Nunca se atrevió a sacarlo.
El impermeable plegable (verde musgo). Al desdoblarlo, una lluvia de motas doradas —polen acumulado de excursiones pasadas— se esparció sobre la mesa. Su madre se quejaría luego al limpiar, pero a Unai le gustó pensar que era como llevar un trozo de cielo estrellado en la mochila.
Al cerrar la cremallera, un escalofrío le recorrió la espalda. No era miedo, sino la certeza de que cada objeto guardaba un fragmento de quienes amaba. Se ajustó las correas, imaginando que el peso extra era la mano de su padre sobre su hombro.
—Mamá, voy a por el pan. ¿Con una barra será suficiente?
—Sí, con una ya llega —respondió ella—, pero date prisa y no olvides pasar por donde tu tía.
Unai salió de casa a toda prisa y se dirigió a la panadería del final del pueblo. Prefería caminar el triple de distancia antes que comprar el pan correoso del supermercado, que se ponía duro como una piedra en cuestión de horas. Además, el trayecto le permitiría pasar por casa de su tía Irene —hermana mayor de su madre y, a su vez, madre de Eneko—, que lo esperaba con un misterioso encargo. Al llegar, golpeó con los nudillos la puerta de madera gastada.
—¡Hola, tía! —dijo al verla asomarse—. Mamá me dijo que querías verme.
—Pasa, pasa, sobrino favorito —respondió Irene con una sonrisa pícara, apartando cortinas de cuentas que tintinearon como campanillas.
—Favorito, dices… ¿Como si tuvieras una legión de sobrinos? —bromeó Unai, dejando caer la mochila junto a la entrada.
Irene se acercó a la estantería de roble, de donde sacó un paquete envuelto en papel de estraza.
—¿Recuerdas que me dijiste que algunas hojas os confundían? Pues, además del libro que pediste… —Hizo una pausa dramática, alzando una lupa de cristal de cuarzo con grabados de hojas—. Esto te ayudará a verlo.
Unai abrió el paquete con dedos temblorosos. La lupa tenía el mango tallado con espirales que recordaban las venas de las hojas.
—¡Gracias, tía! —exclamó, abrazándola—. ¡Con esto podré diferenciar hasta las agujas de los pinos! Y… ¿sabes? También me servirá para estudiar insectos y hongos.
—Eso espero —musitó Irene, ajustándole una hebra rebelde del pelo—. Pero recuerda: los detalles pequeños… —señaló la lupa— guardan los secretos más grandes.
En la sala de estar de Irene había una pared llena de marcos con fotografías familiares que atesoraban los momentos más importantes: cumpleaños, celebraciones de éxitos, vacaciones en lugares remotos y reuniones alrededor de mesas rebosantes de comida. Unai se detuvo frente a una imagen en la que su padre, joven y sonriente, aparecía junto a su madre y los abuelos.
—Tía, ¿qué edad tenía mi padre aquí? —preguntó sin apartar los ojos del marco.
Irene bajó el fuego de la olla que hervía en la cocina y se acercó, descolgando la foto para revisar la fecha escrita al dorso.
—Hmm… En esta foto tu padre tenía más o menos tu edad —respondió, pasando un dedo sobre el vidrio empañado por el tiempo—. Dieciséis años, quizá diecisiete.
Unai decidió estrenar la lupa que le había regalado su tía. Acercó el cristal a la imagen: su padre aparecía en bañador, con el pelo alborotado por el viento; su madre llevaba un bikini azul verdoso desteñido por el sol, y los abuelos vestían camisas holgadas y pantalones cortos de lienzo. Con la lupa, examinó una mancha en la pierna derecha del abuelo.
Cerró un ojo, ajustó el enfoque y entonces lo vio: una marca en forma de hoja idéntica a la que él tenía en el cuello y que su padre ocultaba bajo los cuellos altos.
El capítulo entero, con los retratos a lápiz, en PDF.
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